Por fin ha llegado. Y no porque nos bombardeen con anuncios de juguetes en la televisión, o porque lo proclame la publicidad aplastante del Corte Inglés en cada rincón que se precie..., lo sabes cuando la sientes realmente dentro de ti, con total plenitud.
¿Habéis salido a caminar por las aceras al anochecer estos últimos días? El olor de las castañas y las mazorcas de maíz es el aroma que, junto a los transeúntes, inunda las calles más coquetas de la zona centro de Madrid. ¿Os habéis deleitado con el sonido que envuelve cada gélido rincón, bajo las fachadas más antiguas de los pisos? No se trata únicamente la dulce melodía que entonan los violines en la calle Arenal, o los villancicos que escapan de los comercios, que lucen como diamantes con sus ostentosos escaparates de cristal a lo largo de la Gran Vía; es el susurro de la muchedumbre, alegre, esplendorosa y gozosamente viva.
Dicen que la Navidad es una gran farsa, que solo es un pretexto para dar rienda suelta al materialismo que caracteriza a sociedades similares a la nuestra..., no digo que no tenga su parte de verdad, pero la Navidad es, como tantos otros conceptos y realidades de nuestro día a día, ambigua, y sólo tiene el significado que cada uno le quiera dar.
Lo curioso de la Navidad es que, a medida que finaliza el año, dedicas una reflexión minuciosa sobre todos los acontecimientos que en él han tenido lugar, lo que hemos hecho mejor, lo que hemos hecho peor, en qué cosas nos hemos equivocado y cuáles han sido los aciertos, qué y a quienes echamos de menos en nuestras vidas y qué podemos hacer para cambiar determinadas situaciones. Por eso no hay mejor etapa que ésta para decir cosas que, por lo general, nos cuestan un poquito más: “te extraño”, “eres importante para mi”, “te quiero”, “perdóname, me equivoqué”, o un simple pero sincero “te deseo todo lo bueno que te pueda ocurrir”..., palabras considerablemente más importantes de las que habitualmente emanan de nuestras torpes bocas, porque en ellas no hay maldad, rencor, superficialidad, ni orgullo, solo un poco de lo mejor y más íntimo de todos y cada uno de nosotros.
Así, con el año nuevo llegará a nosotros una nueva mentalidad y, por tanto, una forma de renacer.
Y así es la Navidad para mí, queridos lectores: brillante, fría por fuera y cálida en lo más hondo, transparente, colorida y auténtica, en definitiva, mágica.
Espero que también lo sea para vosotros,
¡¡Felices Fiestas a todos!!
domingo 13 de diciembre de 2009
martes 11 de agosto de 2009
APOCALYPSE NOW
Dos guerras mundiales (faltó poco para una tercera en su momento), culturas extintas por el abuso de países “desarrollados”, padres que dejan tiradas a sus familias por comodidad económica o caprichos sexuales, empresas que en lugar de disminuir gastos en publicidad, reducen el personal ya contratado, asesinatos, amistades que van y vienen según el momento y la conveniencia, parejas de todas las edades que se engañan mutuamente, paraísos fiscales para que altos cargos realicen sin inconvenientes los actos ilegales de capital que deseen, contaminación medioambiental, esclavitud, manipulación política e informativa. Demasiada basura y muy pocas soluciones; porque a pesar de que tratemos de negarlo, España siempre fue y es el país de “pero así son las cosas”, en el cual todos nos quejamos, le echamos la culpa al de al lado y exigimos remedios para nuestros problemas, siempre desde la comodidad del mullido sofá del salón, a la par que zarandeamos de vez en cuando el mando a distancia de la televisión.
Comenzaba este escrito afirmando que el origen de nuestros padecimientos está en nosotros mismos, y así lo confirmo. Hoy en día, y si se me permite generalizar, hemos escogido como guía para nuestra moral los valores más mezquinos y ruines: el orgullo propio por encima de todas las cosas, la falsedad adjunta al cinismo hacia los demás y ante uno mismo, las etiquetas, el odio como medio de subsistencia cuando priman las situaciones tensas, la superficialidad y, como complemento estrella, el materialismo; “tanto tienes, tanto vales”, “el dinero otorga la felicidad”, “no importa lo que eres, sino lo que aparentas”, etc. ¿Verdad que frases semejantes a las citadas no nos resultan nuevas, queridos lectores? Y da lo mismo que surjan conclusiones similares a las que estoy tratando en cualquier conversación, porque seguramente recibas como contestación un “pero así son las cosas y tú no vas a cambiarlas”, prueba de que la gente sigue sin enterarse (o sin querer darse cuenta) de que ese no es el intríngulis del asunto. Con todas estas reflexiones no pretendo proponer la creación de una humanidad perfecta, donde todo sea de color de rosa, pues soy consciente de que la sociedad la componemos las personas, y las personas somos imperfectas por naturaleza, de modo que pensar en una convivencia idílica y maravillosa se quedaría únicamente en eso, en un pensamiento utópico. Sencillamente me pregunto dónde quedan realmente las cualidades positivas de cada uno, dónde está la grandeza que los seres humanos tenemos en potencia, pues a decir verdad no he llegado ni a lo que espero que sea mi primer cuarto de vida y a menudo, cuando miro a mi alrededor y comprendo, siento que me asfixio, porque me da la sensación de que nos morimos como raza a través del camino de la autodestrucción.
A pesar de lo que os pueda parecer este pequeño discurso, aún tengo esperanzas, porque mi corta existencia me ha enseñado que al final, si no es por iniciativa propia, (aunque suene lamentable) las personas aprendemos a cambiar a mejor cuando nos vemos al borde del abismo.
Comenzaba este escrito afirmando que el origen de nuestros padecimientos está en nosotros mismos, y así lo confirmo. Hoy en día, y si se me permite generalizar, hemos escogido como guía para nuestra moral los valores más mezquinos y ruines: el orgullo propio por encima de todas las cosas, la falsedad adjunta al cinismo hacia los demás y ante uno mismo, las etiquetas, el odio como medio de subsistencia cuando priman las situaciones tensas, la superficialidad y, como complemento estrella, el materialismo; “tanto tienes, tanto vales”, “el dinero otorga la felicidad”, “no importa lo que eres, sino lo que aparentas”, etc. ¿Verdad que frases semejantes a las citadas no nos resultan nuevas, queridos lectores? Y da lo mismo que surjan conclusiones similares a las que estoy tratando en cualquier conversación, porque seguramente recibas como contestación un “pero así son las cosas y tú no vas a cambiarlas”, prueba de que la gente sigue sin enterarse (o sin querer darse cuenta) de que ese no es el intríngulis del asunto. Con todas estas reflexiones no pretendo proponer la creación de una humanidad perfecta, donde todo sea de color de rosa, pues soy consciente de que la sociedad la componemos las personas, y las personas somos imperfectas por naturaleza, de modo que pensar en una convivencia idílica y maravillosa se quedaría únicamente en eso, en un pensamiento utópico. Sencillamente me pregunto dónde quedan realmente las cualidades positivas de cada uno, dónde está la grandeza que los seres humanos tenemos en potencia, pues a decir verdad no he llegado ni a lo que espero que sea mi primer cuarto de vida y a menudo, cuando miro a mi alrededor y comprendo, siento que me asfixio, porque me da la sensación de que nos morimos como raza a través del camino de la autodestrucción.
A pesar de lo que os pueda parecer este pequeño discurso, aún tengo esperanzas, porque mi corta existencia me ha enseñado que al final, si no es por iniciativa propia, (aunque suene lamentable) las personas aprendemos a cambiar a mejor cuando nos vemos al borde del abismo.
sábado 23 de mayo de 2009
BREVE COMENTARIO SOBRE LA LIBERTAD

Hoy trataré de manera muy concisa sobre algo que a todos nos ha merodeado por la cabeza alguna vez. Se trata de eso a lo que llamamos LIBERTAD.
Veréis; por los principios que rigen mi razón, de veras pienso que todos los hombres y mujeres son completamente libres en el momento de su nacimiento. (Y digo libres, no capaces). A medida que crecemos, asimilamos conceptos, nos insertamos en la sociedad y para procurar una convivencia lo más equilibrada posible, nos sometemos a unas leyes que la rigen y que la propia humanidad ha creado, motivo por el cual nuestra libertad deja de ser plena en cuanto a nuestras acciones, es decir, somos libres, pero hasta cierto punto. Pero cuando damos con una prohibición en nuestro ordenamiento jurídico que no nos gusta, por pequeña que sea, solemos quejarnos, porque “coarta nuestra libertad como individuos”. En realidad yo me quejo constantemente de multitud de leyes que me afectan, y muchos de vosotros lo haréis también. Sin embargo, se nos olvida que precisamente porque somos libres desde que nacemos, podemos tomar decisiones que cambien nuestra situación, desde movilizarnos para hacer una huelga hasta, en un caso extremo, abandonar la sociedad en la que vivimos y probar suerte en otro continente, país o región cuyas normas sean de nuestro agrado. Así que como podemos ver, la sociedad no nos resta tanta libertad como afirmamos, porque nos unimos a ella de manera voluntaria y en ella permanecemos de la misma forma.
Otro aspecto que tiene que ver con la libertad es ese supuesto al que comúnmente llamamos “destino” o “Dios”; en definitiva, una fuerza desconocida que obra sobre nosotros de manera ineludible. (Debo decir que soy indeterminista, así que os ofreceré mi punto de vista). Como ya os he dicho, para mí todos nacemos libres, y a pesar de una sociedad que limita nuestros actos, nada ni nadie puede restringir tus pensamientos. La vida (y quien crea en ello, algún tipo de divinidad o fuerza superior) nos ha diferenciado del resto de los seres vivos dotándonos (entre otras muchas) de dos herramientas; una se llama “razón” y otra se denomina “conciencia”. Mediante la razón, analizamos una situación y los detalles que la rodean, y tras sacar una conclusión al respecto, tomamos una decisión. Probablemente, después tu conciencia te dice si tu acto en consecuencia ha sido adecuado o no.
Con todo esto lo que pretendo decir que los ciudadanos con pleno derecho no podemos justificar nuestras acciones en una falta de libertades, porque a pesar de las circunstancias, podemos elegir(hacer o no hacer, ejecutarlo de un modo o de otro, etc); estamos dotados para ello por naturaleza.
Es justamente esta capacidad la que hace posible nuestra libertad.
Decide escoger y escogerás ser libre.
Veréis; por los principios que rigen mi razón, de veras pienso que todos los hombres y mujeres son completamente libres en el momento de su nacimiento. (Y digo libres, no capaces). A medida que crecemos, asimilamos conceptos, nos insertamos en la sociedad y para procurar una convivencia lo más equilibrada posible, nos sometemos a unas leyes que la rigen y que la propia humanidad ha creado, motivo por el cual nuestra libertad deja de ser plena en cuanto a nuestras acciones, es decir, somos libres, pero hasta cierto punto. Pero cuando damos con una prohibición en nuestro ordenamiento jurídico que no nos gusta, por pequeña que sea, solemos quejarnos, porque “coarta nuestra libertad como individuos”. En realidad yo me quejo constantemente de multitud de leyes que me afectan, y muchos de vosotros lo haréis también. Sin embargo, se nos olvida que precisamente porque somos libres desde que nacemos, podemos tomar decisiones que cambien nuestra situación, desde movilizarnos para hacer una huelga hasta, en un caso extremo, abandonar la sociedad en la que vivimos y probar suerte en otro continente, país o región cuyas normas sean de nuestro agrado. Así que como podemos ver, la sociedad no nos resta tanta libertad como afirmamos, porque nos unimos a ella de manera voluntaria y en ella permanecemos de la misma forma.
Otro aspecto que tiene que ver con la libertad es ese supuesto al que comúnmente llamamos “destino” o “Dios”; en definitiva, una fuerza desconocida que obra sobre nosotros de manera ineludible. (Debo decir que soy indeterminista, así que os ofreceré mi punto de vista). Como ya os he dicho, para mí todos nacemos libres, y a pesar de una sociedad que limita nuestros actos, nada ni nadie puede restringir tus pensamientos. La vida (y quien crea en ello, algún tipo de divinidad o fuerza superior) nos ha diferenciado del resto de los seres vivos dotándonos (entre otras muchas) de dos herramientas; una se llama “razón” y otra se denomina “conciencia”. Mediante la razón, analizamos una situación y los detalles que la rodean, y tras sacar una conclusión al respecto, tomamos una decisión. Probablemente, después tu conciencia te dice si tu acto en consecuencia ha sido adecuado o no.
Con todo esto lo que pretendo decir que los ciudadanos con pleno derecho no podemos justificar nuestras acciones en una falta de libertades, porque a pesar de las circunstancias, podemos elegir(hacer o no hacer, ejecutarlo de un modo o de otro, etc); estamos dotados para ello por naturaleza.
Es justamente esta capacidad la que hace posible nuestra libertad.
jueves 26 de marzo de 2009
MISIÓN IMPOSIBLE
Adelgazar, maquillarse más y mejor, hacer ejercicio para lograr unas lindas curvas, iniciar una severa dieta, operarse los senos, blanquearse los dientes, pagar una manicura perfecta... Probablemente alguna de las frases anteriores te resulte familiar. Son algunos de los detalles que las féminas intentamos conseguir en nuestra figura.
La realidad.
La solución.
¿El objetivo? Alcanzar un “cuerpo diez”.
La sociedad.
Desde hace miles de años, las mujeres nos empeñamos en lograr una serie de atributos que la vida se niega a concedernos; véanse como ejemplos los lotos dorados en China (reducción de pies mediante vendajes), el abuso de la belladona entre las cortesanas del siglo XVIII para lucir unas pupilas dilatadas (con alto riesgo de daños irreversibles en la vista) o el uso popularizado de los corsés durante el siglo XIX con el propósito de definir o disimular la silueta. ¿Por qué motivo? Casi siempre para alegrar la vista de los hombres; “la más guapa atrae al mejor partido”, es un pensamiento que se sostiene desde los tiempos más remotos. Me gustaría pensar que la explicación más lógica que podemos encontrar en el asunto se limita a una mala pasada de la naturaleza para fomentar la atracción del sexo masculino por el femenino y asegurar de este modo la sucesión de la raza humana. Sin embargo da la casualidad de que en las situaciones en las que ser un objeto de deseo sexual implica poner en peligro la salud (física y psicológica) de la mujer, es inevitable encontrarnos de bruces con cuestiones como los fetichismos, las tendencias, los estereotipos sociales, cierto grado de actitud machista y, en la actualidad, las campañas publicitarias que realizan las empresas para obtener beneficios económicos mediante la venta de sus productos a mujeres que se sienten inseguras con su imagen. Me parece que la naturaleza no es la culpable de estos otros aspectos.
La realidad.
La única verdad en esta historia es que el “envase” perfecto no existe; cientos de supermodelos y actrices modifican su cuerpo para posar en reportajes y anuncios donde mucho tienen que ver los estratégicos focos de luz, intensas sesiones de maquillaje, prendas favorecedoras y, para rematar, un virtuoso trabajo de photoshop. La trágica consecuencia que existe detrás de “la perfecta mujer cosmopolita del nuevo siglo, segura de sí misma y sensual” de tu revista favorita, son miles de adolescentes acomplejadas con su cuerpo que buscan solución en unos marcados nudillos amoratados por la culpabilidad y se castigan con algún que otro día en ayunas, puesto que por desgracia olvidan que la genética no comprende de modas estéticas. Y no ayuda el hecho que continuemos sin enseñar a las niñas a quererse y respetarse tal y como son. De esta forma, no es de extrañar que nuestra percepción de la belleza se encuentre tan retorcidamente distorsionada.
La solución.
Cambiemos nuestro concepto de la hermosura, rompamos con los esquemas de las medidas imposibles. Siéntete agradecida por tus mejores características, poténcialas y aprende a vivir con tus defectos. La única solución posible al problema consiste en un cambio de mentalidad.
La mujer frustrada consigo misma es débil; las personas débiles son manipulables. Por ello, no dejes que te manipulen.
Siéntete orgullosa de ser como eres.
domingo 8 de marzo de 2009
ACERCA DE CIERTO DEFECTO HUMANO
Mi columna de hoy está dedicada a un colectivo concreto de personas. No hablaré de tribus urbanas, ni de cuestiones ideológicas, porque estas personas en las que quiero centrarme esta vez nada tienen que ver con los aspectos mencionados.Se trata de aquellos/as que no admiten un no por respuesta.
Nunca antes había pensado en el tema, pero es cierto. Existen multitud de individuos que no conciben o se niegan a asimilar un “no” por contestación. Y este hecho se manifiesta en diversos aspectos de su vida cotidiana.
Pongamos por ejemplo, aquellas personas incapaces de enfrentarse al rechazo amoroso; ofrecen su proposición, y si la respuesta que reciben no es clara o precisa de un plazo de tiempo por la otra parte, generalmente tienden a idealizar las posibilidades de éxito que tienen en este menester, de forma que suelen olvidar que hay un 50% de probabilidades de que la respuesta final podría ser aquella que no desean oír; así, cuando chocan con ese “no” que habían apartado de su mente, generalmente la primera sensación que les inunda es la absoluta incredulidad..., seguida de sentimientos como la ira, la tristeza y la decepción. Estos episodios suelen acabar cuando se decide olvidar todo aquello relacionado con quien les ha rechazado mediante la distancia física, el trato mínimo personal (si el contacto frecuente entre ambos individuos es inevitable), la propia exculpación y tratando de maximizar el tiempo de ocio, pero jamás asimilan con naturalidad el suceso en cuestión. Tanto es así que en los casos más extremos, algunas de estas personas optan por el acoso como medio de “venganza” por la vergüenza que suponen las circunstancias acontecidas.
Algo parecido sucede en el campo laboral, por ejemplo, cuando tuvo lugar una entrevista de trabajo muy anhelada y ese “nos pondremos en contacto con usted” resultó ser con el paso lento de los días sucesivos un “no le vamos a llamar”. Enfado, pérdida de motivación y una fuerte patada en el ego pueden ser algunas de las consecuencias posteriores.
Lo mismo se da ante las proposiciones sexuales, declaraciones exigidas a terceros que nunca llegaron, o en distintos contextos de las relaciones sociales. Incluso entre allegados y familiares, cuando se pide un favor y la respuesta es “no”, la rabia exaltada acaba por ser protagonista. Y así podríamos citar miles y millones de ejemplos.
Y mi pregunta es, ¿Por qué?, ¿Cuál es el motivo de que a los seres humanos nos cueste tantísimo digerir las contestaciones que no esperamos escuchar?
Podría tratarse de un exceso de orgullo; quizás nos sobrevaloramos a nosotros mismos y por eso nos extraña no obtener de los demás lo que deseamos o nos molesta que no vean en nosotros lo que pretendemos reflejar.
También analicé el polo opuesto del planteamiento..., ¿Y si el problema es que no tenemos suficiente seguridad en nosotros mismos y el rechazo ajeno mengua nuestra escasa autoestima?, ¿Podría ser que nos sintamos por esto inferiores y las riñas, las quejas exageradas y las muecas enrojecidas por el enfado sólo sean producto de un miedo muy personal?
Puede ser que la respuesta esté, sencillamente, en la cabeza, educación y en los convencimientos que tiene cada uno.
Y en este punto de las conclusiones me nacen otro par de interrogantes:
¿Realmente cambiamos las personas si nos lo proponemos?, ¿Podemos prescindir de nuestro auténtico carácter y cambiar aspectos de él con el propósito de mejorar?
viernes 20 de febrero de 2009
SUEÑOS & NIEBLA

Cuando eres joven, la boca y la cabeza se te llenan de expectativas, de planes en cuanto al propio futuro. Algunos son banales, otros simplemente transitorios, y unos cuántos, con el paso del tiempo, empiezan a cobrar nuevos sentidos; varias de esas metas son importantes para nosotros, pero en muchos casos acaban por convertirse en un horizonte hacia el que siempre mirar con nostalgia, pero que nunca nos lanzamos a conquistar.
¿En qué momento los sueños se convierten en frustración?
¿Por qué será que con la edad, los individuos dejan de lado “su propio camino” para ajustarse a los escalones que nos inculca la sociedad? Dejamos de viajar, de descubrir y aprender, de luchar por un mundo mejor para todos, de tocar un instrumento, de disfrutar a solas de un atardecer en la Plaza de Oriente con un libro entre las manos, de alzar la voz para denunciar las injusticias, de conocernos a nosotros mismos y a los demás; nos olvidamos de explorar cada segundo. Nuestras expectativas se limitan a estudiar una carrera, conocer a alguien con quien “asentar la cabeza”, ganar dinero para asegurarnos el óptimo bienestar material posible, conseguir piso, obtener un coche.
Y cuando creas tenerlo todo; cuando poseas un apartamento propio, una pareja, una familia, un buen sueldo...
¿Serás feliz?
¿Será suficiente satisfacción?
A veces me pregunto si en el culmen de la vejez no nos quedará un amargo sabor de boca, si no nos habremos quedado con ganas de disfrutar de la vida, de aplicar en ella la propia filosofía y los verdaderos criterios, ¿Acaso no será frustrante pensar que, por el qué dirán, por “las costumbres”, por los prejuicios o las vergüenzas, nos hemos perdido los mejores días? Meditando en el por qué y en el cuándo, pensando que vivimos siempre esperando...
¿En qué momento los sueños se convierten en frustración?
¿Por qué será que con la edad, los individuos dejan de lado “su propio camino” para ajustarse a los escalones que nos inculca la sociedad? Dejamos de viajar, de descubrir y aprender, de luchar por un mundo mejor para todos, de tocar un instrumento, de disfrutar a solas de un atardecer en la Plaza de Oriente con un libro entre las manos, de alzar la voz para denunciar las injusticias, de conocernos a nosotros mismos y a los demás; nos olvidamos de explorar cada segundo. Nuestras expectativas se limitan a estudiar una carrera, conocer a alguien con quien “asentar la cabeza”, ganar dinero para asegurarnos el óptimo bienestar material posible, conseguir piso, obtener un coche.
Y cuando creas tenerlo todo; cuando poseas un apartamento propio, una pareja, una familia, un buen sueldo...
¿Serás feliz?
¿Será suficiente satisfacción?
A veces me pregunto si en el culmen de la vejez no nos quedará un amargo sabor de boca, si no nos habremos quedado con ganas de disfrutar de la vida, de aplicar en ella la propia filosofía y los verdaderos criterios, ¿Acaso no será frustrante pensar que, por el qué dirán, por “las costumbres”, por los prejuicios o las vergüenzas, nos hemos perdido los mejores días? Meditando en el por qué y en el cuándo, pensando que vivimos siempre esperando...
Carpe diem, que se suele decir. Disfruta el momento, aprovecha el día; quizás las oportunidades que tienes hoy, al día siguiente no las encuentres. Puede que si actúas ahora, cambies tu mañana y seas capaz de dirigir los pasos que te hacen caminar.
Podrás decir con orgullo y una sonrisa en los labios que has tenido el coraje de vivir tus sueños, y no la limitación de soñar con una vida.
jueves 19 de febrero de 2009
SOBRE LA HOMOSEXUALIDAD...

Después de multitud de conversaciones mantenidas con terceros en el último par de meses, el tema me ha dado que pensar..., y es que en este margen de tiempo he sido consciente de la inmensa cantidad de homófobos que hay (todavía) en nuestros días.
Supongo que es un tema que os importará a muy pocos. Pero a mi me inquieta. Me preocupa que en pleno siglo XXI aún exista gente con la mente tan cerrada y una perspectiva tan intolerante...En boca de estas personas que rechazan y “condenan” la homosexualidad, he escuchado barbaridades como por ejemplo, que “los gays y las lesbianas son enfermos mentales” o que “en tiempos de Franco no había de eso, sólo es una moda para gente que va de progre”.
En primer lugar, ¿Enfermos mentales?, ¿Un trastorno o enfermedad? Tiene gracia..., es decir, que esta gente observa como algo normal que por ejemplo, a un varón le atraigan más las mujeres morenas que las rubias, pero no podemos hacer público el hecho de si nos gustan o bien los hombres o bien las mujeres, o más uno que otro, independientemente del sexo al que pertenezcamos. ¿Alguien me puede dar un argumento de peso del por qué de esta restricción? Casi ninguno responde. Y los que lo han hecho, suelen contestar con eso de que “es que la homosexualidad es algo antinatural”.
¿De verdad? Vaya... Pues para ser tan antinatural, es curioso, porque sabemos que la práctica de la homosexualidad se lleva a cabo desde la antigüedad gracias a documentos escritos y otros elementos, como vasijas decorativas o mosaicos..., o si no, que se lo digan a los griegos y a los romanos. Incluso la homosexualidad se da en ocasiones entre los animales, en mucha menor medida, es cierto, pero existe. “Y si tan natural es, ¿Por qué hace 30 o 50 años no se veía ni uno o casi no los había?", suelen refutar a continuación.
Pues veréis, es sencillo si se tiene un poco de culturilla general: resulta que en España tuvimos una dictadura hasta la fecha de 1975. Una dictadura significa que todo el poder de una nación lo concentra alguien que recorta libertades de todo tipo a los ciudadanos, incluida, evidentemente, la de expresión, sea del tipo que sea. Pero vamos, que hace 50 años también estaba mal visto que la mujer trabajase y fuera independiente, al igual que el hecho de ser gay o lesbiana... Y no porque estas cosas aconteciesen hace décadas, las tenemos que mantener ahora si carecen de sentido. Es lo bueno de la Historia, que se aprende de ella con el ánimo de progresar.
Por otro lado, ¿Qué es esa bobada de que son gays quienes van de “progres”? Si eres tía y tienes claro que lo tuyo no es el pescado, no creo que lo vayas a catar de forma continuada sólo por parecer moderna. Es absurdo; estoy convencida de que quien lo crea verdaderamente es porque le da excesiva importancia a las apariencias y a la opinión ajena.
Los bisexuales tampoco se libran de estos ataques. Para unos cuantos (más de los que yo hubiera imaginado), la palabra bisexualidad “debería escribirse con V de vicio”. Si ellos no les dan a las dos bandas, tú tampoco puedes, “porque no y punto”. Veríamos si dicen lo mismo si se les propone un trío con dos personas del sexo opuesto.
Pues todo esto es un brevísimo resumen de las tonterías que escucho muy a menudo últimamente, así como algunas de las respuestas que se me ocurren ante ellas.Mi conclusión es la siguiente: siempre ha existido la homosexualidad, y por supuesto, seguirá dándose. Si no la aceptamos, no hacemos más que fomentar otra forma de discriminación, como lo son el sexismo o la xenofobia. Para mí, el sexo es placer, es compartir lo mejor del cuerpo humano y disfrutarlo, con amor, sin amor, hombre o mujer, ¿Qué más dará? No deja de ser sexo, al fin y al cabo...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


